Damián, un niño invisible para el Estado, no tenía identificación, no se acordaba de su cumpleaños, ni de su nombre completo.
El contexto familiar estuvo lleno de carencias, negligencias y violencias. Su madre lo vendió junto con su hermano Joshua. Del lugar donde pasó su primera infancia no recuerda mucho porque escapó junto a su hermano y huyeron hacia el norte del país.
Un grupo criminal mató a Joshua; Damián quedó solo, vivió en la calle y en los basureros. Comía lo que se encontraba. Una pareja se convirtió en su tutor, pero Damián ya se había acostumbrado a estar por su cuenta.
A los 9 años, probó por primera vez la droga para olvidar su tristeza. Le “ayudó” a no pasar hambre. En ese mismo periodo, Damián ya estaba involucrado en actividades delictivas (robo a casa habitación) y poco a poco fue involucrándose más (robó pertenencias, automóviles).
El dinero lo utilizaba para seguirse drogando. No cumplía los 10 años y ya lo habían invitado a convertirse en informante sobre dónde había bebés para ser robados con facilidad. Sabía que los menores eran entregados a un doctor para sacar órganos y venderlos. Damián recibía 25 mil pesos por niño.
Fue reclutado como halcón por el grupo delictivo de los Zetas, después transitó a labores más operativas y cometió delitos como homicidio y secuestro. A los 12 años lo detuvieron por primera vez. Fue sentenciado a 4 años por secuestro, homicidio, asociación delictuosa y portación de armas. La cárcel le ayudó a sobrevivir y a romper con una espiral de descomposición, me cuenta.
Damián está consciente de que la vida que tenía era complicada, pero no está dispuesto a regresar a formar parte del crimen organizado.
México afronta una problemática que se agravará si como país no decidimos reconocerla y afrontarla. El uso de niños, niñas y adolescentes dentro de la delincuencia organizada es una práctica mucho más común de lo que pensamos.
Info: Universal


