Por décadas, el flujo libre del comercio mundial permitió a las naciones ricas mantener un acceso fácil a bienes y servicios a bajo precio. Les garantizó economías sólidas y mercados estables.
También generó una era de inflación extremadamente baja en Estados Unidos y Europa.
La invasión rusa de Ucrania, sin embargo, puede haber asestado un golpe mortal a ese sistema. Los precios, que ya venían en alza, siguen subiendo. Las cadenas de suministro, afectadas por la pandemia del coronavirus, enfrentan nuevas presiones. Y la creciente ruptura entre democracias y autocracias empaña más todavía el panorama mundial.
El nuevo orden mundial que asoma coloca a las empresas multinacionales en una posición delicada: Se deben afanar por mantener los costos bajos y las ganancias altas, al tiempo que cortan sus relaciones con Rusia y enfrentan presiones de consumidores molestos con la agresión rusa y los abusos a los derechos humanos en China.
Larry Fink, CEO de la empresa gestora de inversiones BlackRock, escribió la semana pasada en un informe anual a los accionistas que la invasión rusa “alteró totalmente el orden mundial que regía desde fines de la Guerra Fría” y “acabó con la globalización que vivimos las tres últimas décadas”.
“Una reorientación en gran escala de las cadenas de suministro”, pronosticó Fink, “forzosamente será inflacionaria”.
Adam Posen, presidente del Instituto Peterson para la Economía Internacional, escribió en Foreign Affairs que “es probable que la economía mundial se divida en bloques, uno que girará en torno a China y otro en torno a Estados Unidos”.
Si bien esta ruptura se viene gestando desde hace años, la guerra en Ucrania la completó. Probablemente represente el fin de una era en la que países con sistemas políticos contrastantes, tanto democracias como gobiernos autoritarios, podían comerciar en beneficio mutuo. Ahora que los misiles rusos matan a civiles ucranianos, parece ilusorio pensar que naciones con sistemas distintos puedan llevar sus disputas a la Organización Mundial del Comercio y esperar una resolución pacífica.
“Cuesta imaginar a los estadounidenses o los europeos en un mismo salón que los delegados rusos, fingiendo que un miembro de la OMC no acaba de invadir a otro”, escribieron Rufus Yerxa y Wendy Cutler, dos exnegociadores comerciales estadounidenses, en The National Interest.
Tres décadas atrás, cuando terminó la Guerra Fría, la globalización parecía algo prometedor. La Unión Soviética se había derrumbado. La China comunista salía de su aislamiento y comerciaba con el mundo. China se incorporó a la OMC en el 2001 y Rusia lo hizo en el 2012.
El académico Francis Fukuyama hizo su famosa afirmación de que se había llegado al “fin de la historia” y que el futuro pertenecía a las democracias promercado libre como las de Estados Unidos y Europa.
Por PAUL WISEMAN


